Estreno una agenda que ni siquiera sé si volveré a abrir. Cruzo puertas esperando no tener que volver a hacerlo nunca más. Vuelvo a los reencuentros y a las conversaciones de siempre. Me encuentro rodeada de los mismos apuntes, las mismas que letras que forman las mismas palabras que construyen las mismas frases. Las que hace tiempo que me transmiten las mismas sensaciones. Las que han dejado de tener sentido.
Romanos que hablan, que cuentan, que dicen. Romanos que suenan a chino, que provocan vacío, desesperación, locura, anhelo, deseo, rabia, ilusión. Son como un espejismo en un desierto: al principio los ves nítidos, claros, sin dudas y conforme te vas acercando se van diluyendo, desaparecen, se resbalan de tus manos y todo se vuelve arena, que también se escapa de las manos. O no. A lo mejor soy yo el espejismo y cuanto más me alejo de mí, más me diluyo en una realidad que no es la mía, o no debería serlo. No quiero que lo sea.
Paro. Los romanos se callan y me veo, sí, me veo nítida completamente. Vuelvo a mi realidad. Y puedo verme bailar, gritar, pasear por una ciudad bajo un sol de justicia, puedo verme disfrutando de cada momento, de cada palabra, de cada rincón, de cada sonido. Y todo es felicidad. Todo suena a felicidad, huele a felicidad, sabe a felicidad. Me dejo llevar. Cierro los ojos unos segundos. He viajado en el tiempo. Sigo allí, sentada, escuchando, viendo, hablando, soñando con los ojos bien abiertos para grabar todo en mi memoria, para que no se escape ningún detalle, ni una palabra, ni un gesto. Lo he guardado en un cajón y lo he cerrado con llave para que no se escape.
Esa era yo, seré yo. Pronto. Hoy no. Hoy soy la otra, la que está rodeada de letras, de incertidumbres, de sueños… Diluida en una realidad que no me toca.
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